sábado, 23 de mayo de 2009

A distant neighbourhood

Jiro Taniguchi es un dibujante de talla mundial y a la altura de Bisley, Moebiüs u Otomo.
Fue además el galardonado al mejor guión del año por la obra a la que me referiré en el pretigioso Festival de Angulemê en el 2003.

Su estilo es inconfundible. El dibujo dista mucho del que podemos encontrar hoy en día en los mangas juveniles. De hecho sus mangas están orientados a un público más adulto. Su estilo es más realista, sus personajes son naturales, más profundos. Sus obras, tanto con guiones ajenos o los suyos propios, son indispensables en cualquier librería que se precie.

Me refiero a "A distant neighbourhood". "Barrio lejano" en España.

No hay más paraíso, decía Proust, que aquel que hemos perdido. Este sentimiento de nostalgia (valor tan al alza hoy en día) guarda, a mi entender, íntima relación con la resistencia a aceptar los cambios y tiene, al mismo tiempo, algo de radiografía sentimental de nuestro propio pasado.

Como en todo relato fantástico que se precie -y éste lo es en la medida en que se sirve de una audaz pirueta narrativa: permitirle al protagonista, Hiroshi Nakahara, viajar a su pasado, devolviéndole a la adolescencia con los recuerdos de adulto intactos-, la cuidadosa caligrafía del contexto deviene fundamental para subrayar ese clima de desasosiego que se va tejiendo en torno a la “futura” desaparición de la figura paterna.

No me resisto, eso sí, a apuntar una lectura privada que acaso tenga algún interés para el lector occidental: la de buscar la esencia última de esta narración en el conflicto por equilibrar la deuda contraída, ese “on” que es «una carga que uno soporta como puede». Si bien el “on” no es una virtud, sí lo es el hecho de devolverlo, y tengo para mí que el Hiroshi que este libro nos presenta ha traicionado, al relegarlo al olvido, el bien que recibió de sus padres, y por eso el destino –en una hermosa secuencia lunar- va a concederle una segunda oportunidad para reparar su yerro y convertirse así en un hombre virtuoso. Que lo consiga o no es algo que, si mi especulación no es desacertada, habrá que esperar a ver.

Como ese camino al borde del arroyo que el protagonista anda y desanda a lo largo del libro, el pasado suele mostrarse terco y recurrente obligándonos, cuando menos lo esperamos, a volver sobre nuestros pasos para resolver esas contradicciones que, un buen día, decidimos no enfrentar. Ese mismo camino, que a alguno puede llevarle hacia una grave crisis personal, es el que bordea esta obra excelente que, en muchas ocasiones, no puede sustraerse a la contemplación nostálgica del paraíso de la primera juventud.

¿Y no es que, acaso, no hay más paraíso que el que hemos perdido?